| Dr. Edwin Uribe Pomalaza Presidente CONEACES |
La tendencia en el mundo actual, está orientada hacia la mejora de la competitividad de las organizaciones y ello se logra estableciendo lineamientos y parámetros que permitan ejecutar adecuadamente los procesos, con la finalidad de obtener resultados de calidad. Este último término, del cual se habla y escribe desde la década de los 50, es resaltado por Edwards
, el artífice de la reconstrucción de Japón, aportando al modelo, 14 principios básicos para desarrollar la gestión eficiente, varios de ellos orientados a la reflexión, el compromiso y la integración, referido fundamentalmente a la participación de las personas, puesto que de ello dependerá el desarrollo de toda la organización.
Sin duda Edwards Deming acertó con esta posición, porque los procesos, la tecnología y la infraestructura, no son lo único, ellos requieren de la dinámica que imprimen todos los integrantes de una Institución, puesto que de lo contrario la inercia determinará la ineficiencia, la mediocridad y en consecuencia el colapso de la misma.
En el ámbito de las Instituciones de Educación Superior, muchos de los principios de Edwards Deming y otros se deberían aplicar, máxime tratándose de un rubro tan importante como la formación de profesionales, la cual implica integrar tres dimensiones; técnica, personal y social. La primera buscando la trasmisión de conocimiento del más alto nivel, la segunda buscando el desarrollo de sólidos valores para el ejercicio profesional, y la tercera, interiorizar la sensibilidad para ser justo y equitativo.
Pero para fomentar una cultura de calidad en la formación de los estudiantes, es importante que quienes dirigen la Institución, establezcan una filosofía de Calidad, que se identifiquen con la misma y que la practiquen. Del mismo modo, los docentes deben estar involucrados con esta filosofía, al punto que se constituya en un estilo de vida en el día a día y que los trabajadores de apoyo, también comprendan que su participación para alcanzar la calidad no es menos importante, sino que es también esencial.
En consecuencia, alcanzar la calidad educativa implica voluntad, integración, compromiso, convicción y persistencia, elementos emblemáticos que deben provenir de las personas, complementándolo con su capacidad y desempeño de calidad. Tal como lo expresa Konrad Lorenz en su obra: “La otra Cara del Espejo”, “Es importante que las personas integren el saber, el querer y el poder en cada acción, vale decir, saber, en términos de conocimiento; querer, en relación a la voluntad y motivación por hacer las cosas; y poder, respecto a las posibilidades que tiene de hacerlas, concluyéndose que la base de la calidad depende de las personas.






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